Villette
Villette Intenté levantarme al dÃa siguiente, pero, mientras me vestÃa, bebiendo de vez en cuando agua fresca de la carafe[151] para combatir aquella debilidad que tanto me dificultaba la tarea, apareció la señora Bretton.
—¡Esto es absurdo! —fue su saludo matinal—. De ningún modo —añadió, y, tratándome con la firmeza y brusquedad que la caracterizaban (y que antaño tanto me complacÃa ver aplicadas a Graham, que se resistÃa enérgicamente a ellas), en dos minutos me devolvió a mi cautiverio de la cama francesa—. Te quedarás ahà hasta esta tarde —dijo—, son las órdenes que ha dejado mi hijo antes de salir; y puedo asegurarte que es el amo y hay que obedecerle. Ahora tomarás el desayuno.