Villette
Villette Y lo trajo ella con sus propias manos, siempre activas, sin dejarme al cuidado de ninguna criada. Se sentó en la cama mientras yo comÃa. No hay muchas personas, ni siquiera entre nuestros amigos más respetados y queridos, que nos agrade tener cerca, vigilándonos y cuidándonos tan estrechamente como una enfermera a su paciente. No siempre la mirada de un amigo es una luz, ni su presencia un alivio: pero la señora Bretton era todo eso para mÃ; y siempre lo habÃa sido. Nunca disfrutaba tanto de comer y de beber como cuando ella me lo daba. No recuerdo ninguna ocasión en que su entrada en una estancia no alegrara el ambiente. Nuestros caracteres, preferencias y antipatÃas tenÃan poco en común. Hay personas a las que tememos secretamente, a las que tratamos de evitar, aunque la razón nos diga que son buenas: hay otras llenas de defectos, junto a las que vivimos felices, como si nos sentara bien el aire que respiran. Los alegres ojos oscuros de mi madrina, su tez morena, su mano cálida y diligente, sus modales decididos, su carácter resuelto, eran tan beneficiosos para mà como la atmósfera de un clima muy saludable. Su hijo solÃa llamarla «la Anciana Dama»; me maravillaba ver en ella la vivacidad y la energÃa de los veinticinco años.