Villette
Villette Con frecuencia me dejaba asombrada su perfecto conocimiento de Villette; un conocimiento que no se limitaba a sus calles, sino que se extendía a galeries, salles y cabinets[164]: parecía tener el «¡Ábrete, Sésamo!» de todas las puertas que encerraran algún objeto digno de contemplarse, de todos los museos y las salas consagrados al arte o a la ciencia. Nunca estuve muy dotada para la ciencia, pero un instinto ciego, profundo y muy primario me inclinaba al arte. Me gustaba visitar las pinacotecas, y me encantaba quedarme a solas en ellas. En compañía de otros, mi penosa idiosincrasia me impedía ver mucho o sentir algo. Cuando tenía que hablar de lo que veía con personas que apenas conocía, a la media hora me sentía exhausta, no sólo por el agotamiento físico sino también por una completa incapacidad intelectual. En la terrible experiencia de una visita colectiva a una exposición de cuadros, un emplazamiento o edificio histórico, o cualquier lugar de interés general, siempre había un niño bien educado o un adulto muy erudito que me avergonzaba con sus profundos conocimientos. El doctor Bretton me parecía un excelente cicerone; me llevaba temprano, antes de que las galerías y museos se llenaran, me dejaba allí dos o tres horas y volvía a recogerme cuando terminaba sus visitas. Entretanto, yo era feliz; no sólo admirando los cuadros, sino también examinándolos, intentando descubrir sus entresijos y llegando a conclusiones. Al principio de esas visitas hubo algún malentendido y, por consiguiente, alguna lucha entre el Querer y el Poder. La primera de estas facultades exigía la aprobación de todo lo que se consideraba ortodoxo admirar; la segunda se lamentaba de su profunda incapacidad para pagar ese tributo; y se hostigaba y burlaba de sí misma para refinar sus gustos y avivar su entusiasmo. Cuanto más se reprendía, sin embargo, más le costaba deshacerse en elogios. Al descubrir, poco a poco, que una tremenda sensación de fatiga era el único resultado de aquellos concienzudos esfuerzos, empecé a pensar en la posibilidad de abandonar tan ardua labor, y decidí que podía hacerlo; de modo que me sumí en una placentera calma delante de noventa y nueve de cien de los cuadros expuestos.