Villette
Villette Tenía la impresión de que una pintura buena y original era tan poco frecuente como un libro bueno y original; y acabé diciéndome sin miedo ante ciertas chefs-d’oeuvre[165] firmadas por grandes maestros: «No se parecen ni un ápice a la naturaleza. La luz del día nunca ha tenido ese color; y ni las tempestades ni las nubes la han vuelto jamás tan mortecina como aparece bajo ese cielo índigo; y ese índigo no es el éter, y esa oscura maleza no son árboles». Varias mujeres rollizas con aire satisfecho, muy bien dibujadas, estaban muy lejos de parecerse a las diosas que creían representar. Infinidad de pequeños cuadros flamencos, minuciosamente acabados, y de bosquejos, excelentes para las revistas de moda, en los que se veían trajes de las más hermosas telas, manifestaban una laboriosidad muy encomiable singularmente aplicada. Y, sin embargo, había aquí y allá fragmentos de verdad que satisfacían a la conciencia, y rayos de luz que alegraban la vista. La fuerza de la naturaleza se revelaba en una tormenta de nieve en lo alto de una montaña; y toda su gloria emergía en un día cálido y soleado. La expresión de cierto retrato reflejaba con perspicacia su verdadero carácter; el rostro de un cuadro histórico, con su notorio parecido filial, nos recordaba asombrosamente que un genio le había dado vida. Yo amaba esas excepciones: para mí se convirtieron en algo muy querido.