Villette
Villette —¿Qué tal se las arregló con Marie Broc? —preguntó, después de unos minutos de silencio.
—Hice cuanto pude, monsieur; ¡pero era terrible estar a solas con ella!
—Entonces, ¡su corazón es débil! Le falta a usted valor; y, tal vez, compasión. No posee las cualidades que precisa una hermana de la caridad.
(A su manera, era un hombre religioso: su alma reverenciaba la abnegación y el sacrificio que predicaba la religión católica).
—No lo sé: la cuidé lo mejor que pude; pero, cuando su tÃa vino a buscarla, me sentà muy aliviada.
—¡Ah! Es usted una egoÃsta. Hay mujeres que trabajan en hospitales llenos de desgraciados como ella. ¿PodrÃa hacer algo asÃ?
—¿PodrÃa hacerlo usted, monsieur?
—Las mujeres merecedoras de ese nombre deberÃan superar con creces a los hombres, siempre torpes, débiles y demasiado indulgentes con nosotros mismos, en el cumplimiento de esas tareas.
—La lavaba, la vestÃa, procuraba que no se ensuciara, intentaba entretenerla; pero ella, en vez de hablar, me hacÃa toda clase de muecas.
—¿Cree haber hecho grandes cosas?
—No; pero hice cuanto estaba en mis manos.
—Entonces sus fuerzas son muy limitadas, porque, por ocuparse de una idiota, cayó enferma.