Villette
Villette —Mademoiselle —dijo, esbozando una media sonrisa, o lo que él entendÃa por tal, aunque no era más que un gesto hosco y apresurado—. Las personas como usted, criadas en el protestantismo, me dejan estupefacto. Ustedes, las mujeres inglesas, son capaces de caminar sin vigilancia y con toda tranquilidad entre las rejas de un arado al rojo vivo, y escapan de ellas sin sufrir daño. Creo que, si alguna de ustedes fuera arrojada al horno más ardiente del rey Nabucodonosor, saldrÃa sin despedir siquiera olor a quemado[175].
—Monsieur, ¿tendrÃa la amabilidad de moverse un poco hacia un lado?
—¿Cómo? ¿Qué está mirando ahora? ¿No tendrá algún amigo entre aquel grupo de jóvenes?
—Eso creo… SÃ, veo a una persona conocida.