Villette
Villette Una mañana, la señora Bretton entró precipitadamente en mi cuarto y me pidió que abriera los cajones y le enseñara mis vestidos; la obedecà en silencio.
—Está bien —dijo ella, después de inspeccionarlos—. Necesitas uno nuevo.
Salió de la casa y regresó en seguida con una modista. Le ordenó que me tomara las medidas.
—Voy a elegir un traje de mi gusto —exclamó—; obraré a mi antojo en este pequeño asunto.
Dos dÃas después llegó a La Terrasse… ¡un vestido rosa!
—No es para mà —me apresuré a decir, sintiendo que serÃa casi como disfrazarme de dama china.
—¿Qué no es para ti? —repuso mi madrina, añadiendo con su firme determinación—: Ya verás cómo te lo pones esta misma noche.
Pensé que no lo harÃa; pensé que ninguna fuerza humana lograrÃa convencerme. ¡Un vestido rosa! No lo reconocÃa como mÃo. Él no me reconocÃa como dueña. Ni siquiera me lo habÃa probado.
