Villette
Villette Seguimos avanzando, sin que yo fuera consciente hacia dónde, pero de pronto, en algún giro, nos encontramos con un grupo de personas que venían de frente. Todavía me parece estar viéndolas: una hermosa dama de mediana edad, vestida de terciopelo oscuro; un caballero que podía ser su hijo… el rostro y la figura más elegantes que yo había visto jamás; y una tercera persona, ataviada con un vestido rosa y un manto de encaje negro.
Me fijé en los tres y, por un instante, los tomé por desconocidos: recibí así una impresión objetiva de su aspecto. Pero la impresión apenas duró y no tuvo tiempo de grabarse en mi memoria; se disipó en cuanto comprendí que estaba frente a un gran espejo entre dos columnas: ¡aquel grupo éramos nosotros! De modo que, por primera y quizá última vez en la vida, disfruté del «don» de verme tal como me veían los demás. No es necesario que me extienda en las consecuencias. Trajeron una nota discordante, una punzada de dolor; no fue una visión halagüeña y, sin embargo, debía sentirme agradecida: podría haber sido peor.