Villette
Villette Finalmente, nos sentamos en unas butacas desde las que se divisaba toda la sala, enorme y resplandeciente, caldeada y alegre. Ya estaba llena, y el público era realmente distinguido. No sé si las mujeres eran muy hermosas, pero sus vestimentas resultaban perfectas; y las extranjeras, incluso las menos atractivas en la intimidad, parecen poseer el arte de mostrarse elegantes en público. Por muy bruscos y ruidosos que sean sus movimientos cuando se pasean por su hogar en peignoir y papillotes[177], reservan para los días de fiesta una forma de deslizarse, de inclinarse, de mover la cabeza y los brazos, cierta expresión en la boca y en los ojos, que siempre exhiben al engalanarse.