Villette
Villette Se veÃan aquà y allá algunas figuras agraciadas, con un estilo de belleza muy singular; un estilo, según creo, jamás visto en Inglaterra: un estilo sólido, firme y escultural. Sus formas no son angulosas: una cariátide de mármol es casi tan flexible; una diosa de Fidias no resulta más serena y majestuosa. TenÃan los rasgos que los pintores holandeses eligen para sus madonas: las facciones tÃpicas de las tierras llanas, armoniosas y redondeadas, ingenuas e impasibles; por la profundidad de su calma inexpresiva, de su serenidad desapasionada, sólo pueden recordarnos a los campos nevados del Polo. Las mujeres asà no necesitan adornos, y casi nunca los llevan; el pelo sedoso, cuidadosamente trenzado, ofrece sobrado contraste con las mejillas y la frente, todavÃa más suaves que los cabellos. Nunca resultan, al vestir, demasiado sencillas; el brazo opulento y el cuello perfecto no precisan pulseras ni cadenas.
En una ocasión, habÃa tenido el privilegio de conocer bien a una de esas beldades: era asombroso ver la hondura y vehemencia del amor que se profesaba a sà misma; sólo lo superaba su arrogante incapacidad de sentir afecto por cualquier otro ser humano. No corrÃa una gota de sangre por sus frÃas venas; una plácida linfa llenaba y casi obstruÃa sus arterias.