Villette
Villette Una Juno como la que acabo de describir estaba sentada en un sitio muy visible; una especie de blanco de todas las miradas, perfectamente consciente de su papel, pero invulnerable a la magnética influencia de cualquier observador: tan frÃa, corpulenta, rubia y hermosa como la columna blanca de capitel dorado que se elevaba junto a ella.
Al darme cuenta de que habÃa llamado poderosamente la atención del doctor John, le pedà en voz baja que «por el amor de Dios, protegiera bien su corazón».
—No necesita enamorarse de esa dama —susurré—, pues, se lo digo de antemano, podrÃa morir a sus pies sin conseguir que le correspondiera.
—Muy bien —respondió—, y ¿cómo sabe usted que el espectáculo de su enorme insensibilidad no constituye para mà el mayor estÃmulo para rendirle homenaje? Creo que el aguijonazo de la desesperación es un maravilloso incentivo para mis emociones; pero —añadió, encogiéndose de hombros— ¡qué sabrá usted de esas cosas! Le preguntaré a mi madre. Mamá, estoy en peligro…
—¡Como si eso pudiera importarme! —exclamó la señora Bretton.
—¡Ay! ¡Qué cruel es mi destino! —dijo su hijo—. Jamás ha existido una madre menos sentimental que la mÃa: es incapaz de creer que pueda caer sobre ella algo tan calamitoso como una nuera.