Villette

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Monsieur Paul me divertía y sonreí al observarlo; parecía estar en su elemento… en un lugar muy visible, delante de un numeroso publico, organizando, controlando, atemorizando a un centenar de señoritas. Se mostraba, asimismo, tan serio, tan enérgico, tan decidido y, sobre todo, tan autoritario. Y, sin embargo, ¿qué pintaba allí? ¿Qué tenía que ver con la música o el Conservatorio? Él, que apenas distinguía una nota de otra. Sabía que era su amor a mandar y a exhibirse lo que le había llevado allí… un amor tan ingenuo que no podía ser ofensivo. Pronto resultó ostensible que su hermano, monsieur Josef, estaba tan dominado por él como las jovencitas. ¡Jamás ha existido un hombre más parecido al halcón que monsieur Paul! Poco después, algunos cantantes y músicos famosos subieron al escenario: al llegar las estrellas, el profesor desapareció. No soportaba a las celebridades: huía cuando era incapaz de eclipsar a los demás.

Estaba todo preparado, pero un palco seguía vacío… un palco forrado de color carmesí, al igual que la escalinata y las puertas, con unos bancos cubiertos de cojines, a ambos lados de dos majestuosos sillones, solemnemente colocados bajo un dosel.

Se dio una señal, se abrieron las puertas, el público se puso en pie, la orquesta empezó a tocar y, con la bienvenida de los cánticos del coro, entraron el rey, la reina y la corte de Labassecour.


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