Villette
Villette —¿Llenar mi sillón? ¡Como se atreva a hacerlo esa usurpadora extranjera…! Sería un triste sillón para ella… Pero ¡silencio, John Graham! Cierra la boca y utiliza los ojos.
Durante esta escaramuza, la sala, que yo había creído llena al entrar, continuó recibiendo grupo tras grupo, hasta que, en el semicírculo que había frente al escenario, una densa masa de cabezas se elevó desde el suelo hasta el techo. También el escenario, o mejor dicho la inmensa plataforma provisional —mucho más grande que cualquier escenario—, desierta media hora antes, se hallaba ahora desbordante de vida; alrededor de dos magníficos pianos, situados en el centro, se había congregado silenciosamente una blanca bandada de muchachas, alumnas del Conservatorio. Observé su llegada mientras Graham y su madre discutían sobre la beldad del vestido de satén azul, y seguí con interés el proceso de su ordenamiento y colocación. Dos caballeros, a los que reconocí, dirigían aquella virginal tropa. Uno de ellos, de aspecto bohemio, barbudo y con el pelo largo, era un conocido pianista, así como el mejor profesor de música de Villette; acudía dos veces por semana al internado de madame Beck, y daba clase a las pocas alumnas con padres lo bastante ricos para pagar ese privilegio; se llamaba Josef Emanuel y era hermanastro de monsieur Paul, ese personaje arrollador, el segundo caballero que había visto en el escenario.