Villette
Villette Es posible que algunos atribuyeran la culpa de tan terribles y característicos surcos al peso de una corona extranjera sobre su frente; y que otros lo achacaran a tempranas aflicciones. Podría haber algo de verdad en ambas suposiciones; pero las dos se veían agravadas por el enemigo más oscuro de la humanidad: una constitución melancólica. La reina, su mujer, lo sabía: tuve la impresión de que el reflejo del dolor del marido proyectaba su tenue sombra sobre su bondadoso rostro. Aquella princesa parecía una mujer dulce, atenta, adorable; no era hermosa, no se asemejaba a las beldades de sólidos encantos y sentimientos de mármol descritas hace escasas páginas. Su figura era algo más delgada; sus facciones, aunque bastante distinguidas, recordaban demasiado a las dinastías reinantes y a las estirpes reales para ser perfectas. Su perfil era, de entrada, agradable; pero no podía evitarse relacionarlo con algunas efigies en las que unas líneas similares ofrecían un aspecto innoble, vacilante, astuto o sensual, según el caso. Los ojos de la reina, sin embargo, sólo le pertenecían a ella; y la piedad, la benevolencia y la dulce comprensión brillaban en ellos con su luz más divina. No resultaba majestuosa, pero sí elegante, amable, cariñosa. Su hijo, el príncipe de Labassecour y joven duque de Dindonneau, la acompañaba: el pequeño se apoyaba en las rodillas de su madre; y, de vez en cuando, en el transcurso de aquella velada, la vi observar al monarca, sentado a su lado, consciente de su sombrío ensimismamiento y deseosa de sacarle de él desviando su atención hacia el niño. A menudo inclinaba la cabeza para escuchar los comentarios del pequeño, y luego se los repetía riendo a su marido. El triste y taciturno rey parecía abandonar sus meditaciones, la escuchaba, sonreía, pero invariablemente volvía a enfrascarse en ellas cuando su ángel bueno dejaba de hablar. ¡Un espectáculo patético y muy significativo! Y no lo hacía menos doloroso el hecho de que, tanto para la aristocracia como para la honrada burguesía de Labassecour, aquella peculiaridad resultara imperceptible: no descubrí entre el público ningún espíritu impresionado o conmovido.