Villette
Villette Con el rey y la reina entraron los miembros de la corte, incluidos dos o tres embajadores de otros países; y, con ellos, la élite de los extranjeros que residían en Villette. Éstos tomaron posesión de los bancos color carmesí; las damas se sentaron; la mayoría de los hombres se quedaron en pie: la hilera de sus trajes negros, al fondo del palco, contrastaba con el esplendor de la parte delantera… un esplendor que arrojaba las más variadas luces, sombras y tonalidades. La parte central estaba llena de matronas envueltas en terciopelos y rasos, plumas y piedras preciosas; los primeros bancos, a la derecha de la reina, parecían reservados exclusivamente para las muchachas más jóvenes, las flores —quizá sería mejor decir los capullos— de la aristocracia de Villette. Allí no había joyas, ni tocados, ni la textura del terciopelo, ni el brillo de la seda: la pureza, la sencillez y la gracilidad reinaban en aquel grupo virginal. Jóvenes cabezas con los cabellos trenzados, y hermosas figuras (me disponía a escribir figuras de sílfides, pero no sería cierto: algunas de aquellas jeunes filles, que no tendrían más de dieciséis o diecisiete años, podían presumir de unos contornos tan sólidos y robustos como los de una inglesa corpulenta de veinticinco años), hermosas figuras vestidas de blanco, de rosa pálido o de azul claro, como si quisieran evocar a los ángeles del cielo. Yo conocía, como mínimo, a dos de aquellos especímenes humanos rosas y blancos. Allí estaban dos antiguas alumnas del colegio de madame Beck, mesdemoiselles Mathilde y Angélique: dos alumnas que, en su último año escolar, deberían haber estado en la clase superior, pero cuyos cerebros nunca les permitieron pasar del nivel intermedio. Las había tenido a mi cargo en clase de inglés, y sabía cuán difícil era conseguir que tradujesen racionalmente una página de El vicario de Wakefield[179]. Y, durante tres meses, una de ellas se sentó frente a mí en el comedor, y la cantidad de pan, mantequilla y compota de frutas que engullía en el second déjeuner era asombrosa; sólo lo superaba el hecho de que se guardara en los bolsillos las rebanadas que no tenía tiempo de comer. He aquí algunas verdades… que resultan aleccionadoras.