Villette

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Reconocí a otro de esos serafines, la joven más hermosa y con un aire menos recatado e hipócrita: estaba sentada junto a la hija de un lord inglés, una muchacha ejemplar, a pesar de su aspecto altanero; las dos habían entrado con la comitiva de la embajada inglesa. Ella (mi conocida) tenía una figura delgada y flexible, muy diferente a la de las damiselas del país. Tampoco llevaba los cabellos trenzados en forma de concha o de pequeña cofia de raso; parecían realmente cabellos, y caían sobre sus hombros, largos, rizados y ondulantes. Conversaba animadamente y daba la impresión de sentirse muy satisfecha de sí misma y de su posición. No miré al doctor Bretton; pero sabía que también él había visto a Ginevra Fanshawe: estaba silencioso, contestaba con monosílabos a los comentarios de su madre, e incluso ahogaba frecuentes suspiros. Pero ¿por qué suspiraba? Había asegurado que le gustaban los amores difíciles, ¿no era justamente eso lo que quería? Su amada brillaba sobre él en una esfera superior a la suya: no podía acercarse a ella; ni siquiera tenía la certeza de que la joven fuera a dedicarle una de sus miradas. La observé para ver si le concedía ese favor. Nuestros asientos no estaban lejos de los bancos color carmesí; era inevitable que unos ojos tan rápidos y penetrantes como los de la señorita Fanshawe nos divisaran desde allí, y lo cierto es que no tardó en clavar la vista en nosotros: por lo menos, en Graham y en la señora Bretton. Yo me mantuve un poco en la sombra, medio escondida, deseando que no me reconociera en seguida: Ginevra miró fijamente al doctor John, y luego examinó a su madre con la ayuda de unos impertinentes; al cabo de unos instantes, susurró algo a su vecina, riendo; al empezar el espectáculo, su atención se desvió hacia la plataforma.


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