Villette
Villette No me detendré en el concierto; mis impresiones carecen de interés para el lector: y, en realidad, no tendrÃa sentido recordarlas, pues eran las impresiones de una completa ignorante. Las jóvenes del Conservatorio, de lo más nerviosas y asustadas, hicieron una temblorosa exhibición en los dos magnÃficos pianos. Monsieur Josef Emanuel estuvo a su lado mientras tocaban; pero no tenÃa el tacto y la influencia de su hermano, que, en similares circunstancias, habrÃa obligado a las alumnas a comportarse con heroÃsmo y serenidad. Monsieur Paul habrÃa colocado a las histéricas débutantes entre dos fuegos: el pánico al público y el pánico al propio monsieur Paul, y les habrÃa infundido el valor de la desesperación, haciendo incomparablemente mayor el segundo que el primero. Pero monsieur Josef no sabÃa hacerlo.
Después de las pianistas de muselina blanca, apareció una dama madura, elegante, con aire melancólico y un vestido de raso blanco. Empezó a cantar. Sentà lo mismo al oÃrla que ante los trucos de un prestidigitador: me habrÃa gustado saber cómo lo harÃa, cómo conseguirÃa que su voz subiera y bajara de aquel modo tan maravilloso; pero lo cierto es que una sencilla melodÃa escocesa, entonada por un tosco músico callejero, a menudo me habÃa emocionado mucho más profundamente.