Villette

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Luego salió un caballero que, haciendo una reverencia al rey y a la reina, y llevándose continuamente una mano enguantada al corazón, prorrumpió en amargas quejas contra cierta fausse Isabelle. Pensé que buscaba sobre todo la simpatía de la reina; pero, a menos que yo esté muy equivocada, Su Majestad, en lugar de mostrar un interés sincero, le dispensó una atención tranquila y cortés. El estado de ánimo de aquel caballero era terrible, así que me alegré cuando terminó su actuación.

Algunos coros llenos de brío me parecieron lo mejor del espectáculo. Había representantes de las mejores sociedades musicales de provincias; auténticos nativos de Labassecour, gordos como toneles. Aquellos personajes cantaban sin afectación: su entusiasta esfuerzo tenía al menos ese buen resultado… el oído extraía de allí una placentera sensación de energía.

A lo largo de todo el espectáculo —tímidos duetos instrumentales, petulantes solos vocales, sonoros coros de pulmones de metal—, mi atención sólo dedicó un ojo y un oído al escenario, los otros estuvieron al servicio del doctor Bretton: no podía olvidarme de él, ni dejar de preguntarme cómo se sentía, qué pensaba, si se divertía o no. Finalmente, rompió a hablar.

—¿Qué le parece, Lucy? Está usted muy silenciosa —dijo, con su animación habitual.


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