Villette
Villette Así lo hizo. Le ofrecí mi ayuda, pero la rechazó con bondadoso desdén: mi madrina opinaba que yo tenía bastante con cuidar de mí misma. Sin la menor ceremonia, en medio del alegre caos que siguió a la salida de los reyes, la señora Bretton nos precedió y nos abrió camino entre la multitud. Graham seguía apostrofando a su madre, la grisette más hermosa que había tenido la suerte de ver cargada con una sombrerera; también quiso que me fijara en el afecto que mi madrina sentía por el turbante azul celeste, y anunció su convicción de que algún día se lo pondría.
La noche era terriblemente fría y oscura, pero no tardamos en encontrar el carruaje. Pronto estuvimos encajados en su interior, tan calientes y cómodos como al lado de la chimenea; y creo que el trayecto de vuelta fue incluso más agradable que el de ida. Agradable a pesar del cochero, que había estado casi todo el concierto en la tienda del marchand de vin, y nos llevó varias millas por la negra y solitaria calzada después de haber pasado de largo el camino que conducía a La Terrasse; nosotros, ocupados en hablar y reír, no reparamos en su extravío hasta que, finalmente, la señora Bretton comentó que siempre había creído que el château estaba en un lugar apartado, pero no en el fin del mundo, como parecía ser el caso, pues llevábamos hora y media en el carruaje y todavía no habíamos cogido la avenida.