Villette
Villette —Yo lo soy: tan justo como Radamante[182], Lucy. Cuando me aparto de alguien, no puedo evitar juzgarle con severidad. Pero ¡mire!, los reyes se ponen en pie. Me gusta esta reina: tiene un rostro muy dulce. Mamá también está muy cansada; jamás conseguiremos llevarla a casa si nos quedamos más tiempo.
—¿Cansada yo, John? —exclamó la señora Bretton, tan animada y despierta como su hijo—. Me comprometo a aguantar más que tú: podemos quedarnos aquà hasta mañana, ¡ya veremos quién está más exhausto al amanecer!
—No me gustarÃa hacer el experimento; pues, en verdad, eres el más fuerte de los árboles de hoja perenne, y la más fresca y lozana de las matronas. Los nervios delicados y la frágil constitución de tu hijo servirán entonces de pretexto para pedirte que nos marchemos en seguida.
—¡Qué joven tan indolente! No hay duda de que te encantarÃa estar en la cama; y supongo que hay que complacerte. También Lucy parece un poco cansada. ¡Qué vergüenza, Lucy! A tu edad, una semana de festejos no me habrÃa hecho palidecer ni un poco. Marchaos los dos; y podéis reÃros cuanto queráis de la Anciana Dama. Yo, por mi parte, me encargaré de la sombrerera y del turbante.