Villette
Villette —Ánimo, Lucy. Piense en mi madre y en mí como en verdaderos amigos. No la olvidaremos.
—Tampoco les olvidaré yo, doctor John.
Metieron mi baúl. Nos estrechamos la mano; se volvió para irse, pero no parecía satisfecho: necesitaba hacer o decir algo más para contentar sus generosos impulsos.
—Lucy —exclamó, poniéndose detrás de mí—, ¿se sentirá muy sola en este lugar?
—Al principio, sí.
—Mi madre vendrá en seguida a visitarla; y, entretanto, ¿sabe lo que haré? La escribiré… cualquier tontería que se me ocurra, ¿le parece bien?
«¡Qué corazón tan bueno y tan noble!», pensé; pero moví la cabeza, sonriendo, y dije:
—De ningún modo: no quiero que se moleste. ¡Usted escribirme a mí! Con lo ocupado que está…
—¡Oh! Encontraré algún momento. ¡Adiós, Lucy!
Se había ido. La pesada puerta se cerró con estruendo: el hacha del verdugo había caído… el dolor me atenazaba.