Villette

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Sin darme tiempo para pensar o sentir, tragándome las lágrimas como si fueran vino, pasé al salón de madame Beck para hacerle la visita ineludible de cortesía y respeto. Me recibió con una cordialidad muy bien ensayada, y se mostró incluso efusiva al darme brevemente la bienvenida. Me dedicó diez minutos. De la salle à manger me dirigí al refectorio, donde se congregaban alumnas y profesoras para el estudio de la tarde: su bienvenida me pareció bastante menos falsa. Una vez hecho esto, pude retirarme a mi dormitorio.

«¿Me escribirá realmente Graham?», pensé, sentándome agotada en el borde de la cama.

La Razón llegó sigilosamente hasta mí en medio de la penumbra de aquel largo y oscuro dormitorio, y me susurró con calma:

«Tal vez te escriba una vez. Su generosidad le empujará a hacer ese esfuerzo. Pero no será algo continuo… puede que no se repita. Sería una auténtica locura confiar en esa promesa… sería de una ingenuidad delirante confundir un charco pasajero, que forman unas gotas de agua, con el manantial perenne que se renueva a lo largo de las estaciones».

Incliné la cabeza, y continué enfrascada en mis meditaciones durante una hora. La Razón seguía hablándome en voz baja, apoyando en mi hombro su mano marchita y rozando mis oídos con sus labios fríos y amoratados de anciana.


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