Villette
Villette «Y si él te escribiera —susurraba—, ¿qué? ¿Te las prometes muy felices porque le responderás? ¡Ah! ¡Estás loca! ¡Te prevengo! Que tu contestación sea breve. No esperes el deleite del corazón… ni la indulgencia del intelecto: refrena los sentimientos, aguza tus facultades: no pierdas el tiempo pensando en una correspondencia amistosa, no albergues la esperanza de un entendimiento perfecto».
«Pero he hablado con Graham y no me has reprendido», decÃa yo.
«No —contestaba ella—, no necesitaba hacerlo. Hablar es una buena disciplina para ti. Tu conversación es imperfecta. Mientras hablas, no puedes olvidar tu inferioridad… ni alentar falsas ilusiones: el dolor, las privaciones, las penurias condicionan tu lenguaje…».
«Pero —insistÃa yo—, cuando la presencia corporal es débil y el habla despreciable, no puede ser un error emplear el lenguaje escrito para expresar lo que unos labios temblorosos no logran decir».
La Razón se limitaba a responder:
«Acaricia esa idea por tu cuenta y riesgo, o deja que su influencia aliente tus cartas».
«Pero, si siento, ¿no puedo expresarlo?».
«¡Jamás!», afirmaba ella.