Villette

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Yo gemía ante su amarga severidad. Jamás… jamás… ¡Qué palabra tan dura! La Razón, aquella arpía, no me permitía alzar la mirada, ni sonreír, ni abrigar esperanzas: no descansaba hasta verme hundida, descompuesta, acobardada. Según ella, yo sólo había nacido para ganarme el pan con el sudor de mi frente, esperar la muerte, y vivir siempre sumida en el abatimiento. Es posible que la Razón estuviera en lo cierto; pero no es extraño que a veces nos alegremos de desafiarla, huyendo de su mano de hierro y dando unas horas de holganza a la Imaginación… su suave y brillante enemiga, nuestro dulce Amparo, nuestra divina Esperanza. Podemos y debemos romper de vez en cuando las ataduras, a pesar de la terrible venganza que nos aguarda a nuestro regreso. La Razón es tan vengativa como un diablo: siempre fue tan venenosa conmigo como una madrastra. Si la hubiera obedecido, habría sido por miedo, no por amor. Si no hubiera sido por ese Poder que guarda mi secreto y me jura lealtad, hace mucho tiempo que habría muerto de lo mal que me ha tratado: sus prohibiciones, su frialdad, su mesa vacía, su lecho helado, sus violentos e incesantes golpes. A menudo la Razón me ha echado a la calle en medio de la noche, en pleno invierno, bajo una gélida nieve, arrojándome como único alimento los huesos roídos abandonados por los perros; ha jurado implacable que en su despensa no quedaba nada para mí, y me ha negado cruelmente el derecho a pedir algo mejor… Entonces, levantando la mirada, he visto en el cielo una cabeza rodeada de estrellas, y la que estaba en el centro, la que brillaba más, me ofrecía un rayo atento y lleno de comprensión. Un espíritu más suave y mejor que el de la Razón Humana ha descendido en silencioso vuelo hasta la tierra baldía, trayendo un aire de eterno verano, un perfume de flores que jamás podrán marchitarse, una fragancia de árboles cuyo fruto es la vida, una brisa límpida de un mundo cuyos días no necesitan un sol que los ilumine. Ese ángel bueno saciaba mi hambre con alimentos dulces y extraños, que le entregaban los ángeles tras recoger su cosecha, cubierta de blanco rocío, en las primeras horas de un día celestial. Con ternura, enjugaba las penosas lágrimas que me arrebataban la vida, ofreciendo descanso a una mortal fatiga, infundiendo esperanza y aliento a mi embotada desesperación. ¡Divina, compasiva, valiosa influencia! Cuando me arrodille ante alguien que no sea Dios, será ante tus blancos y alados pies, hermosos en las montañas y en los llanos. Se han levantado templos en honor del Sol, y erigido altares en honor de la Luna. ¡Tu gloria es mayor! Las manos no construyen nada para ti, y los labios no te bendicen; pero los corazones siguen venerándote fielmente a lo largo de los siglos. Tu morada es demasiado amplia para tener muros, demasiado elevada para tener bóveda; un templo cuyo suelo es el espacio… unos ritos cuyos misterios restablecen la armonía de los mundos.


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