Villette
Villette Acababa de marcharse la educada alumna cuando una segunda intrusa irrumpió en el refectorio, esta vez sin ceremonias y sin llamar a la puerta. Habría adivinado su identidad aunque hubiera estado ciega. Mi naturaleza reservada había ejercido una influencia, muy saludable y beneficiosa para mí, en los modales de mis compañeras; rara vez se mostraban ahora rudas o indiscretas conmigo. Cuando llegué a la rue Fossette, era frecuente que una tosca alemana me diera palmadas en el hombro y me pidiera que participara en una carrera; o que una ruidosa nativa de Labassecour me cogiera del brazo y me arrastrara al terreno de juego. Las proposiciones insistentes para dar un Pas de Géant[190] o unirme a cierto juego del escondite llamado Un, deux, trois, eran también de lo más habituales al principio; pero todas esas pequeñas atenciones habían cesado hacía ya tiempo sin que yo me hubiera visto en la desagradable necesidad de cortar por lo sano. Ahora sólo debía temer o soportar las familiaridades de una persona; y, como ésta era inglesa, podía aguantarlo. Algunas veces, cuando me encontraba atravesando el carré, Ginevra Fanshawe no tenía escrúpulos en obligarme a dar vueltas como si bailáramos un alocado vals, alegrándose enormemente de la turbación física y mental que me causaba su proceder. Era Ginevra Fanshawe quien ahora interrumpía mi «ocio erudito». Llevaba una enorme partitura bajo el brazo.