Villette
Villette —Vaya a practicar —me apresuré a decir—. ¡Márchese a la sala pequeña!
—Antes tengo que hablar con usted, chère amie. Sé dónde ha pasado sus vacaciones, y cómo ha empezado a sacrificarse a los placeres mundanos y a disfrutar de la vida como cualquier otra beldad. La vi en el concierto la otra noche, vestida, realmente, como todo el mundo. ¿Quién es su tailleuse[191]?
—¡Qué chismosa es! ¡Mi tailleuse! ¡Qué tonterÃa! Vamos, Ginevra, márchese. Lo cierto es que no deseo su compañÃa.
—Pero cuando yo deseo tanto la suya, ange farouche[192], ¿qué más da que usted se muestre un poco renuente? Dieu Merci! Sabemos cómo arreglárnoslas con nuestra sagaz compatriota… la sabia ourse britannique[193]. Asà que, Ourson, ¿conoce a Isidore?
—Conozco a John Bretton.
—¡Chist! —exclamó, tapándose los oÃdos—. Va a romperme los tÃmpanos con sus rudos anglicismos. Pero ¿cómo está nuestro querido John? Cuénteme cosas de él. El pobre debe de estar muy afligido. ¿Qué le pareció mi comportamiento de la otra noche? ¿Acaso no fue cruel?
—¿Cree que reparé en su presencia?