Villette
Villette Dije «todos» porque la estancia me pareció llena de gente, aunque, en realidad, sólo había cuatro personas: madame Beck, su madre, la señora Kint, que tenía problemas de salud y estaba de visita, su hermano, el señor Victor Kint, y otro caballero que, cuando entré en el cuarto, conversaba con la anciana de espaldas a la puerta.
El miedo cerval y la debilidad debían de haber vuelto mi palidez cadavérica. Tenía frío y temblaba. Todos se levantaron consternados; me rodearon. Les pedí encarecidamente que me acompañaran al grenier; la presencia de los caballeros pareció tranquilizarme e infundirme ánimos, como si tener un hombre cerca significara ayuda y esperanza. Me volví hacia la puerta, rogándoles que me siguieran. Quisieron detenerme, pero insistí en que debían acompañarme: tenían que ver lo que yo había visto… algo extraño, de pie en medio del desván. Y entonces recordé mi carta, abandonada sobre la cómoda, al lado de la vela. ¡Mi maravillosa carta! Desafiaría por ella a cualquier espíritu o criatura de carne y hueso. Corrí escaleras arriba, veloz como el viento, pues sabía que venían detrás: no tuvieron más remedio que seguirme.