Villette

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Y cuando llegué a la puerta del desván, todo estaba oscuro como boca de lobo: la vela se había apagado. Afortunadamente, alguien —creo que madame Beck, con su habitual serenidad— llevaba una lámpara; de modo que, en cuanto entró, un rayo atravesó la opaca negrura. La vela seguía allí, pero ¿dónde estaba la carta? Y fue eso lo que busqué, no a la monja.

—¡Mi carta! ¡Mi carta! —sollocé, casi fuera de mí.

La busqué a tientas por el suelo, moviendo desesperadamente las manos. ¡Cruel, cruel destino! ¡Arrancarme de aquel modo sobrenatural mi pequeño consuelo antes de haber saboreado sus virtudes!

No sé qué hacían los demás, no podía mirarlos; me preguntaban cosas que yo no respondía; registraban todos los rincones; hablaban de muchas cosas, del desorden de las capas, de una grieta en la claraboya… no sé.

—Alguien o algo ha estado aquí —afirmó sabiamente uno de mis acompañantes.

—¡Se han llevado mi carta! —grité yo, la monomaníaca, arrastrándome por el suelo para encontrarla.

—¿Qué carta, Lucy? ¿Qué carta, querida? —preguntó una voz conocida, a escasa distancia.


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