Villette
Villette Cogiendo mis dedos helados con su cálida mano, me condujo a una estancia con la estufa encendida. Nos sentamos junto a ella, y el doctor John me tranquilizó con su infinita bondad, prometiendo escribirme veinte cartas para compensarme por la que habÃa perdido. Si hay palabras y agravios como cuchillos, cuyas profundas heridas nunca cicatrizan —ultrajes cortantes e insultos de dentado y venenoso filo—, hay también palabras de consuelo demasiado dulces para el oÃdo receloso, y cuyo eco perdura en nuestra memoria: detalles que son como caricias… muy queridas, que quedan para toda la vida y se recuerdan con ternura inmarcesible, y que siempre responden a nuestra llamada, resplandeciendo en medio de esa negra nube que presagia la propia muerte. Más tarde me dijeron que el doctor Bretton no era tan perfecto como yo pensaba, que su verdadero carácter carecÃa de la profundidad, rectitud y entereza que yo creÃa. No lo sé: fue tan bondadoso conmigo como la fuente con el sediento caminante… como el sol con el tembloroso presidiario. Lo recuerdo heroico. Y heroico seguirá siendo para mÃ.
Me preguntó, sonriendo, por qué me importaba tanto su carta. Yo pensé, aunque no se lo dije, que significaba más para mà que la sangre que corrÃa por mis venas. Me limité a responderle que casi nadie me escribÃa.
—Estoy seguro de que no la ha leÃdo —dijo—; de lo contrario, ¡pensarÃa de un modo muy diferente!