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En primer lugar, el Sentimiento y yo expulsábamos a la Razón, y cerrábamos a cal y canto la puerta de mi corazón. Luego nos sentábamos, extendíamos el papel, mojábamos la impaciente pluma en el tintero y, con enorme placer, dejábamos que mi corazón se sincerase. Cuando terminábamos de hacerlo… cuando llenábamos dos hojas con palabras desbordantes de cariño y gratitud (de una vez para siempre, quisiera negar en este paréntesis, con el mayor desdén, cualquier malévola sospecha de lo que llaman «sentimientos apasionados»: las mujeres no albergan esa clase de sentimientos cuando, desde el comienzo, y a lo largo de una amistad, han tenido siempre el convencimiento de que hacerlo sería cometer un terrible disparate; nadie se arroja en brazos del Amor hasta que ha visto, o ha soñado ver, la estrella de la Esperanza elevándose por encima de las turbulentas aguas del Amor), cuando, como iba diciendo, había expresado mi afecto incondicional y profundamente respetuoso —un afecto que quería atraer para sí y soportar cuanto hubiera de doloroso en el destino del ser querido, y que, de haber podido, habría absorbido y alejado las tormentas y los rayos de una existencia contemplada con entrega y solicitud—, justo en ese instante, se abrían de par en par las puertas de mi corazón, e irrumpía la Razón, poderosa y vengativa, me arrebataba la carta, la leía, la miraba con desprecio, la rompía, volvía a redactarla, la doblaba, la sellaba, escribía el nombre y la dirección del destinatario, y le enviaba una escueta misiva de una hoja. Hacía bien.


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