Villette
Villette Habían pasado tres semanas desde la aventura del desván, y yo guardaba en la cajita, el pequeño cofre y el cajón del piso superior cuatro compañeras de esa primera carta, escritas con la misma pluma, selladas con el mismo lacre, llenas del mismo aliento vital; o eso me parecía entonces. He vuelto a leerlas años después; eran cartas risueñas y amables, pues las había escrito una persona alegre; en las dos últimas, había tres o cuatro líneas de despedida medio festivas, medio tiernas, «teñidas, pero no dominadas, por el sentimiento». El tiempo, querido lector, acabó convirtiéndolas en esa dulce bebida, pero cuando probé por primera vez su elixir, recién salido de un manantial tan venerado, me pareció el zumo de una cosecha divina: un néctar que Hebe[206] podría servir, y los mismos dioses ensalzar.
Recordando lo escrito algunas páginas atrás, ¿le interesa saber al lector cómo respondí a esas cartas: bajo el seco e implacable control de la Razón u obedeciendo al vívido y generoso impulso del Sentimiento?
A decir verdad, compaginé ambos; serví a dos amos: me postré en el templo de Rimón[207], y sentí cómo mi corazón se enardecía ante un altar diferente. Escribí dos respuestas a esas cartas: una para desahogarme, otra para que Graham la leyera.