Villette

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Un atardecer, el uno de diciembre, paseaba a solas por el carré; eran las seis en punto; las puertas de la classe estaban cerradas, pero, en su interior, las alumnas aprovechaban el desbarajuste del recreo para organizar un pequeño caos. El carré estaba sumido en la penumbra, si exceptuamos la luz rojiza que rodeaba la estufa; las enormes puertas de cristal y los altos ventanales estaban cubiertos de escarcha; el centelleo de las estrellas que, aquí y allá, salpicaban de luces el blanco velo invernal y atravesaban con sus destellos la palidez de aquel bordado, ponía de manifiesto que la noche era clara, a pesar de no tener luna. El hecho de que osara quedarme a solas, en medio de la oscuridad, evidenciaba que mi nerviosismo se había mitigado: me acordaba de la monja, pero apenas me inspiraba miedo; aunque la escalera que conducía, a través de la negra y tenebrosa noche, desde el descansillo hasta el grenier embrujado estaba a mis espaldas. Sin embargo, reconozco que me latió el corazón y me tembló el pulso cuando de repente oí una respiración y un frufrú y, dándome media vuelta, divisé en la penumbra de los escalones una sombra aún más oscura… una silueta que se movía y descendía por ellos. Se detuvo unos instantes en la puerta de la classe, y luego se deslizó por delante de mí. Simultáneamente, se oyó el estruendo de la lejana campanilla de entrada. Los sonidos reales alejan las sensaciones irreales: aquella figura era demasiado rechoncha para ser mi delgada y adusta monja; no era más que madame Beck haciendo su trabajo.


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