Villette
Villette Pero temblaba demasiado para vestirme; era incapaz de peinarme o de abrocharme los corchetes, asà que llamé a Rosine y le ofrecà una propina si me ayudaba. A Rosine le encantaban los pequeños sobornos, de modo que trabajó con esmero; alisó y trenzó mi pelo tan bien como un coiffeur[211], colocó el cuello de encaje exactamente en su sitio, ató a la perfección la cinta del cuello: en resumen, cumplió con sus tareas como la hacendosa Phillis[212] que podÃa ser cuando querÃa. Después de darme el pañuelo y los guantes, cogió una vela y me guió por las escaleras. Como habÃa olvidado mi chal, corrió a buscarlo; y yo me quedé con el doctor John, esperando en el vestÃbulo.
—¿Qué ocurre, Lucy? —preguntó Graham, clavando su mirada en m×. Percibo el viejo nerviosismo. ¿La monja de nuevo?
Pero yo lo negué rotundamente: me molestaba ser sospechosa de una segunda alucinación. Él se mostró escéptico.
—Ha vuelto, estoy seguro —prosiguió—; cuando esa figura se cruza con sus ojos, Lucy, deja en ellos un brillo peculiar y una expresión inconfundible.
—No, no ha vuelto —insistÃ, pues lo cierto es que no mentÃa al negar su aparición.
—Los sÃntomas se repiten —afirmó—; una extraña palidez, y lo que en Escocia llaman un aire de «resucitada».