Villette
Villette Era tan obstinado que preferí decirle lo que había visto en realidad. Por supuesto, decidió que era otro efecto de la misma causa: todo era una ilusión óptica, una enfermedad nerviosa… Yo no le creí; pero tampoco osé contradecirle: los médicos son tan presuntuosos, y sus opiniones, sarcásticas y materialistas, tan inflexibles.
Rosine trajo mi chal y me metieron a empujones en el carruaje.
El teatro estaba abarrotado… lleno hasta los topes; reyes y nobles se encontraban allí; palacios y mansiones se hallaban desiertos, y sus habitantes atestaban aquellas gradas silenciosas. Me sentí un ser privilegiado por tener un asiento delante del escenario; estaba impaciente por ver a una mujer cuyo prestigio me había hecho albergar las más curiosas expectativas. Me preguntaba si justificaría su fama: aguardé con extraña curiosidad, con severo y austero sentimiento, pero con enorme interés. Jamás había visto un modelo de esa naturaleza: un planeta nuevo y gigantesco; pero ¿cómo sería? Esperé a que saliera.
Salió aquella noche de diciembre, a las nueve: la vi aparecer en el horizonte. Brillaba todavía con pálida grandiosidad; pero aquella estrella estaba a las puertas del Día del Juicio. De cerca, era un caos: el rostro demacrado, los ojos hundidos; una órbita declinando o casi moribunda… mitad lava, mitad resplandor.