Villette
Villette En los momentos de mayor desconsuelo, recurría una y otra vez al pequeño paquete que guardaba en mi cajita… las cinco cartas. ¡Qué espléndido me parecía el mes cuyo cielo había contemplado la salida de aquellas cinco estrellas! Siempre había ido en su búsqueda por las noches, y, como no me atrevía a pedir diariamente una luz en la cocina, me compré una vela y una caja de fósforos para encenderla; y en la hora de estudio, subía sigilosamente al dormitorio y me daba un festín con mi mendrugo de pan de los Barmakíes[218]. Pero no me alimentaba: languidecí y me quedé en los huesos; por lo demás, no estaba enferma.
Una noche en que leía mis cartas, más tarde de lo habitual, sintiendo que mi ánimo decaía —pues, a fuerza de leerlas, estaban perdiendo todo su sabor y significado: el oro se derretía ante mis ojos, y yo sufría amargamente el desencanto—, oí de pronto unas pisadas rápidas y ligeras que subían hacia el dormitorio. Reconocí el paso de Ginevra Fanshawe: había cenado en la ciudad; había vuelto, y venía a guardar el chal y demás prendas en el armario.
Sí… entró vestida de brillante seda, envuelta en un chal, con sus abundantes rizos, medio deshechos por la humedad de la noche, cayendo descuidadamente sobre los hombros. Apenas tuve tiempo de esconder mis tesoros y cerrarlos con llave cuando se acercó a mí: no parecía estar del mejor humor.