Villette
Villette Me gustaría saber qué pensaba de mi correspondencia. ¿Qué impresión le causaban las cartas del doctor John Bretton? ¿Qué le parecían las ideas a menudo claras y concisas, las opiniones generalmente lógicas y a veces originales, expuestas sin pretensiones con un estilo enérgico y fluido? ¿Le gustaba la vena medio humorística que tanto me complacía? ¿Qué pensaba de esas palabras amables que salpicaban aquí y allá las misivas? No copiosamente, como los diamantes en el valle de Simbad[231], sino con escasez, como se encuentran esas gemas fuera de las fábulas. ¡Oh, madame Beck! ¿Qué efecto le causaban todas esas cosas?
Creo que, en cierto modo, las cinco cartas gozaban de su favor. Un día, después de haberlas tomado prestadas (al hablar de una mujer tan refinada, es necesario cuidar el lenguaje), la sorprendí mirándome fijamente; madame Beck parecía un poco desconcertada, pero su expresión no era malévola. Fue durante el pequeño descanso entre las clases, mientras las alumnas disfrutaban de un cuarto de hora de recreo en el jardín; ella y yo nos quedamos solas en la clase de primero: cuando nuestros ojos se encontraron, algunos pensamientos salieron de sus labios.
—Il y a quelque chose de bien remarquable dans le caractère anglais[232] —dijo.
—¿Qué hay de extraordinario, madame?