Villette
Villette ¡Ay! Algo se precipitó en mis ojos, empañando completamente su visión, nublando las imágenes de la clase, del jardín, del brillante sol invernal, cuando recordé que nunca más recibiría una carta como aquéllas que madame Beck había leído. Se habían acabado para mí. El maravilloso río en cuyas orillas había morado, de cuyas aguas había dejado caer unas gotas vivificantes en mis labios, estaba desviando su curso: dejaba mis campos y mi pequeña cabaña secos y abandonados para derramar muy lejos la riqueza de su caudal. El cambio era justo, oportuno, natural; no podía decirse nada en contra: pero yo amaba mi Rin, mi Nilo; había casi idolatrado mi Ganges, y me dolía que una corriente tan sublime se alejara y desapareciera como un espejismo. A pesar de mi estoicismo, no era nada estoica; las lágrimas corrían por mis mejillas, mojando mis manos y el pupitre: mi llanto fue desconsolado, breve y torrencial.
Pero pronto me dije:
«La Esperanza que ahora veo truncada sufrió y me hizo sufrir mucho: sólo murió cuando llegó su hora. Tras una agonía tan larga, la muerte debería ser bienvenida».
E hice cuanto pude para que así fuera. Lo cierto es que un sufrimiento tan prolongado había convertido la paciencia en un hábito. Finalmente, cerré los ojos de mi cadáver, cubrí su rostro y coloqué sus brazos y sus piernas con calma imperturbable.