Villette

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Si lo aceptaría o no de buena gana, era algo sobre lo que yo solía meditar. Era difícil de decir. Sus intereses científicos absorbían casi todo su tiempo; era un hombre lúcido, perspicaz y amante de la polémica en lo que concernía a sus aficiones favoritas, pero nada receloso y muy confiado en los asuntos de la vida cotidiana. Según deduje, parecía creer que su «hijita» era todavía una niña, y, probablemente, ni se le había pasado por la cabeza que otros pudieran verla de otro modo. Hablaba de lo que harían cuando «Polly» creciera y se convirtiese en una mujer; y «Polly», sentada a su lado, sonreía y cogía la venerable cabeza entre sus pequeñas manos para besar los mechones canosos de su progenitor. Otras veces, hacía un mohín y agitaba sus rizos: pero nunca decía: «Papá, ya soy adulta».

Paulina no se comportaba igual con todo el mundo. Con su padre seguía siendo una niña traviesa, alegre y cariñosa. Conmigo era muy seria, y tan femenina como sus pensamientos y emociones se lo permitían. Con la señora Bretton era dócil y confiada, pero no comunicativa. Con Graham era tímida… ahora sumamente tímida; en algunos momentos intentaba mostrarse fría y de vez en cuando trataba de rehuirlo. Al oír sus pasos, se sobresaltaba; la llegada del joven la sumía en el silencio; cuando él hablaba, sus respuestas eran algo forzadas; cuando él se marchaba, se quedaba un poco confusa y disgustada. Incluso a su padre le extrañó su conducta.


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