Villette

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La tribuna estaba vacía cuando entramos, pero en diez minutos se llenó; de pronto, en un instante, una cabeza, un torso y unos brazos se elevaron tras el atril carmesí. Reconocí aquella cabeza: su colorido, forma, porte y expresión resultaban familiares para la señorita Fanshawe y para mí; su cráneo negro y tupido, la amplitud y palidez de su frente, la mirada azul y apasionada, eran detalles tan presentes en mi memoria y tan ligados a caprichosas asociaciones que su repentina aparición despertó mis ganas de reír. Y confieso que di rienda suelta a mi hilaridad; pero incliné la cabeza, y sólo mi pañuelo y un velo bajado fueron testigos de mi regocijo.

Creo que me alegré de ver a monsieur Paul; supongo que fue más agradable que otra cosa contemplarlo allí, feroz y leal, oscuro y sincero, irritable y audaz, como cuando reinaba en el estrado de la clase. Lo cierto es que su presencia me sorprendió: ni se me había pasado por la imaginación que fuera él la persona elegida, aunque sabía que, en el Athénée, era el máximo responsable del departamento de Belles Lettres. Con él en aquella tribuna, tuve la certeza de que no escucharíamos formalismos ni halagos; pero reconozco que no estaba preparada para lo que vino a continuación, para las palabras que se vertieron de forma súbita, rápida y prolongada sobre nuestras cabezas.


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