Villette
Villette La señorita Fanshawe estaba de pésimo humor; la velada había sido un fracaso para ella: de lo más alterada, dio rienda suelta a su indignación en cuanto nos sentamos y cerraron la portezuela. Había algo perverso en sus invectivas contra el doctor Bretton. Al haber sido incapaz de cautivarle o herirle, el odio era su único recurso; y lo expresaba con palabras tan desmesuradas y en una proporción tan monstruosa que, después de escucharla un rato con fingido estoicismo, mi sentido de la justicia súbitamente se inflamó. Sobrevino una explosión, pues yo también podía ser apasionada; especialmente con Ginevra, tan hermosa como llena de imperfecciones, que siempre despertaba lo peor que había en mí. Fue una suerte que las ruedas del carruaje traquetearan violentamente sobre el empedrado de Choseville, ya que puedo asegurar al lector que no hubo un silencio sepulcral ni una pacífica conversación en el interior del carruaje. Medio en serio, medio en broma, me encargué de bajarle los humos a Ginevra. Había salido furiosa de la rue Crécy; tenía que apaciguarla antes de que llegáramos a la rue Fossette: para conseguirlo, era indispensable mostrarle su valía sin par y sus extraordinarios méritos; y esto debía hacerse en un lenguaje en el que la fidelidad y la rudeza pudieran compararse con los cumplidos de un John Knox a una María Estuardo[257]. Ésta era la mejor disciplina para Ginevra; la que más le convenía. Estoy segura de que aquella noche se fue a la cama mucho más tranquila y serena, y de que durmió aún más dulcemente después de haber sufrido una profunda derrota moral.