Villette
Villette Levanté los ojos: en vez de contemplarme airado, ceñudo y amenazador, monsieur Paul lucía la sonrisa y la tez sonrosada que habían iluminado su semblante aquella noche en el Hôtel Crécy. No estaba enojado, ni siquiera dolido. Ante un verdadero agravio, se mostraba clemente; ante una verdadera provocación, paciente como un santo. Aquel incidente, que parecía tan desafortunado —y que supuse habría echado por tierra cualquier posibilidad de convencerlo—, resultó ser mi mejor ayuda. Difícil de manejar mientras no le causé el menor daño, el profesor se volvió amable y acomodaticio en cuanto aparecí ante él como una delincuente consciente y arrepentida.
Todavía llamándome en broma une forte femme… une Anglaise terrible… une petite casse-tout[265], declaró que no osaba desobedecer a quien había culminado tan peligrosa hazaña; era exactamente igual que el grand Empereur, estrellando el jarrón para suscitar espanto. De modo que, finalmente, después de coronarse con su bonnet-grec, y de coger sus lunettes rotas de mi mano, con un golpecito de benévolo perdón y de aliento, inclinó levemente la cabeza y se marchó al Athénée con el mejor de los talantes.
Después de tanta amabilidad, el lector lamentará saber que volví a discutir con monsieur Paul aquel mismo día; pero ocurrió, y fui incapaz de evitarlo.