Villette

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De vez en cuando, tenía la costumbre —por lo demás, muy loable y aceptable— de llegar por la tarde, siempre à l’improviste, sin anunciarse, irrumpir en el silencioso refectorio a la hora del estudio, e imponer repentinamente todo su despotismo sobre nosotras y nuestras ocupaciones; nos obligaba a cerrar los libros y a guardar los costureros y, sacando un grueso volumen o un pequeño tratado, sustituía la adormecedora lecture pieuse, que leía alguna alumna soñolienta, por alguna tragedia, ensalzada por una declamación grandilocuente y rebosante de acciones temerarias, por algún drama, cuyo mérito intrínseco, por mi parte, rara vez analizaba; pues monsieur Emanuel lo convertía en un recipiente que le servía de desahogo, y que llenaba con su brío y su pasión innatas, al igual que una copa con un brebaje vital. Otras veces hacía resplandecer en nuestra penumbra conventual el fulgor de un mundo más brillante, dejándonos entrever la literatura de aquellos días, leyéndonos pasajes de algún relato fascinante o el último ingenioso feuilleton que había despertado la hilaridad en los salones de París; poniendo siempre especial cuidado en suprimir con mano severa, ya fuera en la tragedia, en el melodrama o en el ensayo, cualquier fragmento, frase o palabra que pudiera juzgarse inapropiado para un público de jeunes filles. Me di cuenta en más de una ocasión de que allí donde esos recortes debilitaban el sentido o el interés, él improvisaba párrafos enteros, tan vigorosos como irreprochables: los diálogos, las descripciones que él introducía eran con frecuencia mucho mejores que los que eliminaba.


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