Villette
Villette Pues bien, aquella tarde, estábamos sentadas en silencio como monjas en un retiro, las alumnas estudiando, las profesoras con sus labores de aguja. Recuerdo la mía: era un bordado difícil, y yo estaba bastante enfrascada en él; tenía una finalidad; no lo hacía simplemente por matar el tiempo; una vez terminado, sería un regalo; y, como el momento de entregarlo estaba cerca, era necesario darse prisa y mis dedos trabajaban con afán.
Sonó el campanillazo de la puerta que todas conocíamos; después el rápido paso tan familiar para nuestros oídos: las palabras Voilà Monsieur! acababan de salir simultáneamente de todos los labios cuando las dos hojas de la puerta se separaron bruscamente (como ocurría siempre que monsieur Paul entraba, un verbo tan suave como «abrir» resulta ineficaz para describir sus movimientos), y el profesor entró.