Villette
Villette Había dos mesas de estudio, ambas muy largas y flanqueadas por bancos; sobre el centro de cada una de ellas, colgaba una lámpara; bajo esa lámpara, a ambos lados de la mesa, se sentaba una profesora; las alumnas se alineaban a derecha e izquierda; las mayores y más estudiosas cerca de la luz, es decir en los trópicos; las más perezosas y pequeñas hacia los polos norte y sur. Monsieur tenía la costumbre de acercar cortésmente una silla a alguna profesora, generalmente a Zélie St Pierre, la más antigua, para ocupar después su asiento vacío; disfrutaba así del punto más luminoso del trópico de Cáncer o de Capricornio, algo que necesitaba por ser corto de vista.
Como siempre, Zélie se apresuró a levantarse, esbozando una sonrisa que dejó al descubierto sus dos hileras de dientes; esa extraña sonrisa que va de oreja a oreja, en una curva fina y muy marcada, que no se extiende por el rostro, ni forma hoyuelos en las mejillas, ni ilumina la mirada. Supongo que monsieur Paul no la vio, o no tuvo ganas de advertir su presencia, pues era tan caprichoso como dicen que son las mujeres; además, sus lunettes (tenía otro par de gafas) le servían de excusa para toda clase de deficiencias y descuidos. Por el motivo que fuera, pasó junto a Zélie, se dirigió al otro lado de la mesa y, antes de que yo pudiera levantarme para dejarle el sitio, susurró:
—Ne bougez pas[266].