Villette
Villette Y se colocó entre la señorita Fanshawe y yo; Ginevra siempre querÃa ser mi vecina, y me clavaba el codo en el costado, por mucho que yo repitiera:
—Ginevra, ¡ojalá estuvieras en Jericó[267]!
Era fácil decir ne bougez pas; pero ¿cómo evitarlo? TenÃa que dejarle un sitio, y tenÃa que pedir a las alumnas que se corrieran un poco para poder hacerlo yo. Era muy cómodo para Ginevra pegarse a mà para «estar calentita», como ella decÃa, las tardes de invierno, importunándome con sus movimientos y codazos, hasta obligarme en ocasiones a colocarme un alfiler traidor en el cinturón para protegerme de su codo; pero supuse que monsieur Paul no estarÃa expuesto al mismo trato, asà que aparté mi costurero para que pusiera el libro, y me corrà para dejarle un hueco; éste no medÃa, sin embargo, más de una yarda, un espacio que cualquier persona razonable habrÃa considerado adecuado y respetuoso. Pero monsieur Emanuel jamás era razonable; como el pedernal y la yesca, ¡un simple golpe y saltaban chispas!
—Vous ne voulez pas de moi pour voisin —gruñó—, vous vous donnez des airs de caste; vous me traitez en paria —añadió, mirándome con el ceño fruncido—. Soit! Je vais arranger la chose[268]!
Y se puso manos a la obra.
—Levez vous toutes, mesdemoiselles[269]! —exclamó.