Villette
Villette No era joven, tal como yo la recuerdo, pero seguía siendo hermosa, alta, bien proporcionada y, aunque muy morena para ser inglesa, sus mejillas estaban siempre frescas y lozanas y sus bellos y alegres ojos negros reflejaban una gran vivacidad. A la gente le parecía una lástima que no hubiera transmitido aquella tez a su hijo, que tenía los ojos azules —aunque muy penetrantes, incluso en la niñez— y un color de pelo que los amigos no se atrevían a definir, excepto cuando le daba el sol y se volvía dorado. Había heredado, sin embargo, las facciones de su madre; así como sus bonitos dientes, su estatura (o la promesa de tal, pues aún no había terminado de crecer) y, lo que era mejor, su salud inquebrantable y esa fortaleza de ánimo que resulta más valiosa para quien la posee que una fortuna.
Era otoño y me encontraba en Bretton; mi madrina había ido en persona a buscarme a casa de los parientes donde en aquella época tenía fijada mi residencia. Creo que ella veía con claridad los acontecimientos que se avecinaban, cuya sombra apenas adivinaba yo; pero una leve sospecha bastaba para sumirme en la tristeza, por lo que me alegré de cambiar de escenario y de compañía.
