Villette
Villette El tiempo siempre discurría plácidamente al lado de mi madrina; no de un modo agitado, sino despacio, como el curso de un río caudaloso que atraviesa una llanura. Mis visitas semejaban el descanso de Christian y Hopeful junto a un alegre arroyo con «árboles frondosos en sus orillas y praderas que embellecían los lirios durante todo el año»[1].
No tenían el encanto de la variedad, ni la emoción de los grandes acontecimientos; pero a mí me gustaba tanto la paz, y deseaba tan poco los estímulos que, cuando llegaron, me parecieron casi molestos y deseé que hubieran seguido lejos.
Cierto día llegó una carta cuyo contenido causó evidente sorpresa, además de inquietud, a la señora Bretton. Al principio creí que era de mis familiares y me estremecí, esperando no sé qué terrible noticia; sin embargo, nadie me dijo nada y la nube pareció disiparse.
Al día siguiente, a mi regreso de un largo paseo, encontré un cambio inesperado en mi dormitorio. Además de mi cama francesa[2] en su oscuro hueco, divisé en un rincón un pequeño lecho con sábanas blancas; y, además de mi cómoda de caoba, un diminuto arcón de palisandro. Me quedé inmóvil, mirándolos.
«¿Qué significará todo esto?», pensé.
La respuesta era obvia. Iba a venir otra invitada: la señora Bretton esperaba nuevas visitas.
