Villette
Villette A la mañana siguiente me levanté una hora antes del amanecer, y terminé la leontina arrodillada en el centro del gran dormitorio, con el fin de aprovechar los últimos destellos mortecinos de la lámpara nocturna.
Empleé todo el material —todo mi surtido de cuentas y sedas— antes de que la cadena alcanzara la longitud y la riqueza que yo deseaba; la había hecho doble, pues sabía —por ser el polo opuesto— que, para satisfacer el gusto de la persona que quería complacer, un aspecto sólido era imprescindible. Para rematar la pieza, necesitaba un pequeño broche de oro; afortunadamente, tenía uno en el cierre de mi único collar; lo desprendí con cuidado, volví a prenderlo, y luego enrollé la leontina y la guardé en una cajita que había comprado por su tono irisado, pues era de una concha tropical de color nacarat[285] y tenía una pequeña guirnalda de brillantes piedras azules. En el interior de la tapa, grabé cuidadosamente ciertas iniciales con la punta de mis tijeras.
