Villette
Villette Siguió una larga serie de ofrendas: todas las alumnas, avanzaron majestuosamente, con el paso silencioso de las jóvenes del Continente, y entregaron su tributo. Lo depositaron con tanta habilidad sobre la mesa que el último ramillete se convirtió en el vértice de una pirámide de flores… una pirámide de flores tan elevada y exuberante que causó el eclipse del héroe. Una vez terminada esta ceremonia, volvieron a sus asientos, y guardamos silencio, esperando un discurso.
Supongo que habrÃan pasado unos cinco minutos, nadie decÃa nada; diez… y el silencio continuaba.
Muchas de las presentes empezaron, sin duda, a preguntarse qué esperaba monsieur; y con razón. Sordo y ciego, mudo e inmóvil, siguió en su puesto detrás del montón de flores.
Finalmente, se oyó una voz bastante profunda, que parecÃa surgir de una caverna.
—Est-ce là tout[289]?
Mademoiselle Zélie miró a uno y otro lado.
—¿Habéis entregado todas vuestros ramos? —preguntó a las alumnas.
SÃ; todas lo habÃan hecho, desde la mayor hasta la más pequeña, desde la más alta hasta la más diminuta. Asà lo expresó la profesora que llevaba más tiempo en el centro.
—Est-ce là tout? —repitió la voz que, si antes era profunda, ahora habÃa bajado varios tonos.