Villette
Villette —Bon jour, mes amies —exclamó, en un tono que nos hizo olvidar a algunas de nosotras muchas palabras mordaces y violentos gruñidos: no un tono jocoso, de buen amigo, y menos aún empalagoso y sacerdotal, sino una voz que sólo podÃa ser suya, y que surgÃa directamente del corazón. Pues ese corazón hablaba a veces; aunque era un órgano irritable, no se habÃa osificado: en su interior albergaba una ternura muy superior a la de otros hombres; una ternura que le acercaba humildemente a los más pequeños, y le unÃa a mujeres y niñas; con las que, por mucho que se rebelara, no podÃa negar su afinidad, ni el hecho de que, en general, se sentÃa mejor con ellas que con los individuos de su propio sexo.
—Todas deseamos un dÃa muy dichoso a monsieur, y le felicitamos por su santo —dijo mademoiselle Zélie, nombrándose a sà misma portavoz del grupo.
Y aproximándose a él, sin más afectación que la que necesitaba para moverse, dejó su costoso ramo delante de monsieur Paul. Él inclinó la cabeza en señal de agradecimiento.